Opinión
Pedro Barreiro Zubiri
La opinión dePedro Barreiro ZubiriGerente del Consorcio de Aguas Bilbao Bizkaia.Blogs · Gestión del Agua

Invertir en saneamiento es salud, desarrollo y futuro sostenible


Hablar de agua es hablar de salud, de dignidad y de oportunidades. Sin embargo, durante décadas, el saneamiento urbano ha permanecido en un segundo plano frente a otras prioridades de inversión, pese a ser uno de los pilares más determinantes para el bienestar de la población y la sostenibilidad de nuestros entornos. Hoy, en un contexto marcado por el cambio climático, el crecimiento urbano y unas exigencias regulatorias cada vez más ambiciosas, invertir en saneamiento no es solo una obligación técnica, sino una decisión estratégica que condiciona directamente la calidad de vida de la ciudadanía y la competitividad de los territorios.

Las infraestructuras de saneamiento son, en muchos casos, invisibles para la ciudadanía, pero su impacto es profundamente tangible. Garantizan la protección de los ecosistemas, previenen enfermedades, favorecen el desarrollo económico y contribuyen a la cohesión social. Allí donde no existen o son insuficientes, las consecuencias se traducen en degradación ambiental, riesgos sanitarios y pérdida de calidad de vida. Por ello, cerrar la brecha en saneamiento sigue siendo uno de los grandes retos globales, pero también una responsabilidad en los países con sistemas consolidados, donde el desafío pasa por la renovación, adaptación y resiliencia de unas infraestructuras que, en muchos casos, han superado ya su vida útil.

Las infraestructuras de saneamiento son, en muchos casos, invisibles para la ciudadanía, pero su impacto es profundamente tangible

La experiencia demuestra que la inversión sostenida en el tiempo es la única vía para garantizar sistemas eficaces y duraderos. En el ámbito del saneamiento urbano, esto implica no solo ampliar y modernizar redes y estaciones depuradoras, sino incorporar soluciones tecnológicas que optimicen los procesos, reduzcan el consumo energético y minimicen la huella ambiental. La digitalización, el uso de datos en tiempo real o la implementación de tecnologías avanzadas de tratamiento permiten mejorar la eficiencia operativa y anticipar incidencias, incrementando la capacidad de respuesta ante episodios extremos cada vez más frecuentes.

Pero invertir requiere, necesariamente, hablar de financiación. El ciclo integral del agua precisa de modelos financieros sólidos, estables y previsibles que permitan planificar a largo plazo y garantizar la continuidad del servicio en condiciones de calidad. La colaboración entre administraciones, el acceso a fondos europeos y la implicación del sector privado son herramientas clave para movilizar los recursos necesarios. Al mismo tiempo, es imprescindible avanzar hacia esquemas tarifarios equilibrados que aseguren la sostenibilidad económica del servicio sin comprometer su carácter esencial ni la equidad en el acceso, incorporando mecanismos de protección para los colectivos más vulnerables.

En este contexto, entidades como el Consorcio de Aguas Bilbao Bizkaia hemos podido constatar cómo una visión compartida y sostenida durante décadas es capaz de transformar radicalmente un territorio. La recuperación ambiental de la ría de Bilbao es un ejemplo de cómo la inversión en saneamiento no solo mejora la calidad del agua, sino que impulsa la regeneración urbana, dinamiza la actividad económica y refuerza el vínculo de la ciudadanía con su entorno. Este tipo de proyectos evidencian que cada euro invertido en agua revierte en beneficios sociales, ambientales y económicos muy superiores a la inversión inicial.

El futuro del saneamiento urbano pasa por reforzar este compromiso inversor, integrar plenamente la innovación y la digitalización en la gestión y anticiparse a los riesgos derivados del cambio climático. No se trata únicamente de responder a las necesidades actuales, sino de construir sistemas capaces de adaptarse a escenarios inciertos y exigentes. Porque garantizar el acceso a un saneamiento seguro y sostenible es, en última instancia, garantizar el derecho a un futuro más justo, resiliente y próspero para todos.

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