Opinión
Marta Santafé
La opinión deMarta Santafé

Consultora especialista en Medio Ambiente, Sector del Agua y Planificación Hidrológica | Hidrogeóloga | Directiva Marco del Agua (DMA) | Gestión de sequías e inundaciones | ODS 6 | Divulgación | LinkedIn Top Voice Sostenibilidad 2022

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El regadío tradicional como motor de resiliencia hídrica


El agua en el ámbito mediterráneo nunca ha sido un simple insumo agrícola que se consume y desaparece en un proceso lineal; ha sido, desde hace milenios, el hilo invisible que teje paisajes, culturas y equilibrios climáticos fundamentales para la vida. Sin embargo, en las últimas décadas, la narrativa del progreso y la industrialización del campo han impuesto una visión estrictamente técnica y segmentada sobre nuestro territorio. Bajo el paradigma de la modernización, se ha instalado un criterio de eficiencia que, aunque busca el ahorro hídrico inmediato, ignora a menudo la complejidad de los ecosistemas y la salud de los ciclos hídricos a gran escala.

En este artículo propongo explorar el regadío tradicional no como una reliquia del pasado cargada de nostalgia, sino como una pieza maestra de la agroecológica moderna. Al integrar estos sistemas históricos con la teoría científica de los "pequeños ciclos del agua", descubrimos que las acequias y el riego por inundación no solo producen alimentos, sino que actúan como auténticos pulmones hídricos capaces de restaurar la resiliencia de un territorio frente a la creciente crisis climática. Se trata de poner en valor un modelo de eficiencia sistémica frente a la tecnificación ciega que está secando involuntariamente nuestro paisaje y rompiendo nuestra conexión más profunda con la tierra.

El Regadío Tradicional: Una tecnología de convivencia y gravedad

Para comprender el valor real de estos sistemas, es imperativo definir qué entendemos por regadío tradicional más allá de su vertiente puramente estética. En términos técnicos, se trata de un modelo de aprovechamiento hídrico que utiliza la fuerza de la gravedad como motor fundamental y gratuito para conducir el agua desde sus fuentes naturales —ya sean ríos, manantiales, azudes o galerías— hasta los campos de cultivo. Pero reducir este sistema a una mera técnica de transporte hidráulico sería ignorar su verdadera esencia, ya que el regadío tradicional se sustenta sobre tres pilares fundamentales que lo distinguen de cualquier sistema industrializado contemporáneo.

El primero de ellos es la gestión colectiva del recurso, un ejercicio de democracia del agua donde esta no se gestiona de forma individualista ni competitiva, sino a través de instituciones históricas con un arraigo social profundo. Las comunidades de regantes y organismos como el Tribunal de las Aguas de Valencia son ejemplos vivos de cómo la sociedad civil ha sido capaz de regular turnos, resolver conflictos y mantener infraestructuras compartidas durante siglos sin necesidad de una intervención externa constante.

El segundo pilar es la adaptación total al terreno y a la topografía local. A diferencia de las modernas redes de presión que imponen su diseño sobre el relieve, las infraestructuras tradicionales como acequias, balsas y partidores están diseñadas respetando escrupulosamente el ciclo hidrológico local. Esta simbiosis entre ingeniería y naturaleza ha permitido la creación de ecosistemas únicos, conocidos como huertas y vegas, que funcionan hoy como los últimos refugios de biodiversidad en entornos altamente humanizados.

El tercer pilar es, precisamente, este incalculable valor cultural y ecológico. Estos sistemas han modelado el territorio de tal manera que han creado un patrimonio vivo que no solo sostiene la economía local, sino que garantiza servicios ecosistémicos que la sociedad moderna apenas empieza a valorar, como la regulación térmica o la recarga de las reservas hídricas subterráneas.

La ingeniería de lo invisible: técnicas de riego e infiltración natural

Las prácticas que dan vida al regadío tradicional se basan en métodos de riego por superficie donde el agua se desplaza sobre el suelo de forma pausada para infiltrarse en él de manera natural. La técnica más emblemática es el “riego a manta” o por inundación, que consiste en anegar parcelas horizontales delimitadas por pequeños caballones. Aunque desde una visión de ahorro hídrico inmediato se ha criticado a menudo este método, el riego a manta es el mecanismo principal de lo que podríamos llamar "hidrología regenerativa".

Al inundar la parcela, se asegura que el perfil profundo de la tierra reciba la humedad necesaria, permitiendo que el exceso de agua se infiltre en el subsuelo para recargar los acuíferos subterráneos que abastecen a toda una comarca. Es, en esencia, una forma de depositar agua en el banco natural del territorio para su uso futuro.

En zonas con mayor pendiente, se aplica el riego por surcos, permitiendo que el agua circule por pequeñas zanjas abiertas estratégicamente, manteniendo el suelo vivo sin encharcar la planta.

La columna vertebral de todo este entramado es la red de acequias, canales que originalmente se construían de tierra o piedra para permitir que el agua interactuara con el entorno. Esta red no es solo un transporte, sino un sistema de distribución de vida. Dado que el agua es un recurso limitado, su acceso está regulado mediante la gestión por turnos o "tandas".

Este ejercicio de organización social exige que los regantes conozcan no solo su necesidad, sino la de sus vecinos, fomentando una cohesión territorial que la automatización de los sistemas modernos suele disolver en favor del aislamiento individual del agricultor frente a su pantalla de control.

Los pequeños ciclos del agua: el corazón del termostato terrestre

Es precisamente en este contexto de crisis climática donde el regadío tradicional conecta de forma magistral con la teoría de los "pequeños ciclos del agua" que ya traté en un artículo anterior (Los pequeños ciclos del agua: nuestros aliados frente a la crisis climática). A diferencia del "gran ciclo hidrológico", donde el agua se evapora del océano y regresa al mar a través de los ríos, los pequeños ciclos representan la capacidad de un territorio continental para retener, evaporar y volver a precipitar su propia humedad local.

Cuando un sistema de riego tradicional permite que el agua fluya por acequias abiertas e inunde los campos, está alimentando activamente estos ciclos de cercanía. El agua que se infiltra en el suelo y la que se evapora a través de la vegetación que crece en las márgenes de los canales no es agua perdida; es agua que se queda en el territorio para regular el clima local

La evapotranspiración de una huerta tradicional genera una columna de humedad ambiental que actúa como un termostato natural. Este vapor de agua contribuye a la formación de nubes bajas que pueden derivar en lluvias de cercanía, cerrando un bucle que enfría el paisaje.

Al entubar el agua y aplicar solo la dosis mínima a la raíz mediante el riego por goteo, estamos cortando estas venas hídricas. Un paisaje regado exclusivamente con goteo tiende a volverse térmicamente más muerto y seco, ya que desaparece la humedad superficial. Por tanto, la tecnificación extrema, al tratar de ahorrar gotas en la parcela, está provocando paradójicamente una mayor aridez climática global, rompiendo el equilibrio que el regadío tradicional ha mantenido durante siglos.

La sabiduría de la conexión: negociar con la Tierra

El valor fundamental de las técnicas ancestrales reside en su conexión directa con la tierra, una relación que no intentaba dominar la naturaleza, sino adaptarse a ella. Esta sabiduría de conexión se manifiesta en tres niveles críticos.

Primero, una conexión biológica: el regadío tradicional entiende el suelo como un organismo vivo. Mientras que el riego tecnificado puede convertir el suelo en un mero soporte físico donde se inyectan nutrientes químicos, la acequia alimenta la microbiología del suelo a través de la humedad constante y el transporte de sedimentos orgánicos, manteniendo la fertilidad natural sin dependencias externas.

Segundo, una conexión climática: el agricultor tradicional sabía que "llamar a la lluvia" empezaba por mantener la tierra húmeda. Al permitir que el agua saturara el paisaje, se aseguraba de que el pequeño ciclo del agua siguiera girando, protegiendo sus cultivos de los extremos térmicos.

Y tercero, una conexión social: estas técnicas obligaban a la comunidad a mirarse a la cara. La gestión de una red de acequias requiere asambleas, consenso y un entendimiento del bien común que la tecnología individualista ha ido erosionando. Recuperar estas técnicas no es retroceder, sino volver a conectarnos con los mecanismos biológicos y sociales que hacen que el planeta sea habitable.

La paradoja de la eficiencia y los beneficios ecosistémicos

Se ha instalado el criterio de que el regadío tradicional es "ineficiente" basándose únicamente en el consumo de agua por hectárea. Sin embargo, esta es una visión simplista que trata el agua como una mercancía y no como un fluido vital. Si cambiamos el enfoque hacia la eficiencia de sistema, el modelo tradicional se revela como mucho más robusto. El riego por inundación realiza un lavado natural de sales hacia las capas profundas, preservando la estructura y la vida de la tierra, mientras que el goteo puede provocar la salinización del bulbo radicular a largo plazo.

Además, la independencia energética que otorga la gravedad es inigualable. El agua fluye sin necesidad de electricidad, liberando al agricultor de las fluctuaciones de los precios de la energía, un factor a tener en cuenta en estos tiempos de crisis energética.

Las acequias funcionan como infraestructuras verdes que prestan servicios ecosistémicos gratuitos: son corredores biológicos, reguladores térmicos y defensas naturales contra incendios

Al entubar estos sistemas para ganar eficiencia de transporte, estamos perdiendo la resiliencia del paisaje completo, sacrificando la salud de nuestros acuíferos y la frescura de nuestros valles por una métrica incompleta.

Hacia la modernización ecológica: regadíos híbridos y resilientes

El futuro no debe plantearse como una batalla entre la tradición y la modernidad, sino como una hibridación bajo el concepto de "modernización ecológica". Este modelo propone utilizar la tecnología para potenciar los beneficios del riego tradicional: emplear sensores y monitorización satelital para optimizar la infiltración en épocas de abundancia, recargando el "banco subterráneo" de los acuíferos, y activar sistemas de precisión solo en momentos de escasez extrema.

Para ello, es urgente un cambio de paradigma en la gobernanza. La política agraria debe dejar de medir el éxito solo en metros cúbicos ahorrados y empezar a remunerar económicamente a los agricultores por los servicios ambientales que prestan al mantener las acequias abiertas.

Al ver el agua como algo que circula y no como algo que se consume, el agricultor recupera su papel como guardián del territorio y gestor de un ciclo vivo. Debemos aprender de las técnicas ancestrales que la verdadera eficiencia es aquella que permite que la vida florezca en todas sus formas

Al apostar únicamente por un modelo de eficiencia técnica que esconde el agua del paisaje, estamos ganando productividad inmediata a cambio de secar nuestra resiliencia futura. Debemos cuestionarnos si un modelo que rompe nuestra conexión directa con la tierra es realmente el más apto para un futuro de incertidumbre climática. Quizás la verdadera modernidad consista en permitir que el agua vuelva a fluir por las venas abiertas de nuestra tierra, alimentando de nuevo esos pequeños ciclos que nos mantienen frescos y unidos.

"El agua es la mirada de la tierra, su aparato para mirar el tiempo" (Paul Claudel, poeta, dramaturgo y diplomático francés).

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