La digitalización del riego se presenta sistemáticamente como una solución a la escasez hídrica en el Mediterráneo. Sin embargo, su adopción entre los agricultores es mucho más tibia de lo que las políticas públicas y las empresas tecnológicas esperan. Un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) propone una lectura distinta del problema: el escepticismo de los agricultores no refleja resistencia al cambio ni falta de formación, sino una crítica fundamentada en la experiencia directa del campo.
La investigación, publicada en abierto en el Journal of Rural Studies bajo el título Taking farmers' trust issues seriously: Mistrust and the digital tech revolution in water management, está firmada por Paloma Yáñez Serrano y Lucía Argüelles Ramos, investigadoras del grupo TURBA Lab de la UOC, y por Louisa Prause, del Centro Helmholtz de Investigación Medioambiental de Alemania.
Las autoras identifican cinco categorías analíticas que explican por qué los agricultores se muestran escépticos ante herramientas digitales
El trabajo se basa en 23 entrevistas a agricultores, representantes de empresas agrarias, desarrolladores tecnológicos e investigadores en zonas de regadío de Andalucía y Cataluña —concretamente en Almería y Cataluña—, complementadas con observación directa en ferias tecnológicas y análisis de aplicaciones, informes y políticas públicas. Los ocho agricultores entrevistados gestionan explotaciones de entre 1 y 150 hectáreas y cultivan productos de alta demanda hídrica como horticultura, olivos, almendros, cítricos y viñedo; cuatro operan en agricultura convencional y cuatro en sistemas no convencionales, como la agricultura ecológica o agroecológica.
El estudio distingue entre desconfianza particular —dirigida a tecnologías o empresas concretas a partir de experiencias negativas directas— y desconfianza general, que refleja una actitud más amplia hacia la digitalización agrícola como modelo de futuro. Sobre esta base, las autoras identifican cinco categorías analíticas que explican por qué los agricultores se muestran escépticos ante herramientas como los sistemas de sensorización, la inteligencia artificial o la automatización del riego.
Cinco tipos de desconfianza
La desconfianza epistémica surge cuando los algoritmos marginan el conocimiento práctico y sensorial del agricultor. Los testimonios recogidos son elocuentes: un agricultor de invernadero explica que no puede fiarse solo del tensiómetro porque "te puede engañar; hay que mirar la planta teniendo en cuenta su historial". Otro señala que la digitalización instalada en su explotación "es más un sistema de control que un sistema para facilitar tareas o reducir trabajo". La crítica no es a la tecnología en sí, sino a los modelos epistemológicos que la sustentan, construidos sobre supuestos de agricultura industrial que no reflejan la heterogeneidad de los sistemas productivos reales.
La desconfianza ecológica aparece cuando las herramientas, basadas en datos históricos y modelos de control, no logran captar la variabilidad climática ni los procesos naturales. Un agricultor lo resume con precisión: "La base de datos históricos ya no es relevante para la realidad actual, que ha cambiado. Los algoritmos de IA se basan en imágenes de satélite que reflejan la realidad del momento, pero los datos históricos ya no son precisos. Esto crea distorsiones". Un desarrollador tecnológico entrevistado reconoce el límite estructural del problema: "No estás luchando contra el cambio climático directamente con estos sistemas; simplemente te estás adaptando a él usando más eficientemente el poco agua que puedes tener".
Las autoras proponen convertir esta desconfianza informada en un mecanismo de escrutinio que mejore la calidad de la digitalización agrícola, en lugar de tratarla como un obstáculo a superar
La desconfianza institucional se dirige a las estructuras comerciales y políticas detrás de la tecnología, especialmente cuando los agricultores perciben que los sistemas sirven más a los intereses de las grandes empresas que a la agricultura familiar. Esta desconfianza se intensifica por la opacidad en la gobernanza de los datos y la creciente concentración de poder en unas pocas plataformas agrotecnológicas.
La desconfianza práctica procede de experiencias concretas de fallos técnicos: lecturas de sensores inexactas, incompatibilidad entre plataformas, pérdida de datos o sistemas que no funcionan bien bajo condiciones reales de campo. Un agricultor ilustra el problema de la interoperabilidad con un ejemplo directo: "Si quiero conectar otra aplicación de un proveedor diferente, no puedo, porque John Deere dice que tengo que pagar una licencia".
La desconfianza relacional responde a la exclusión de los agricultores del diseño y desarrollo de las herramientas. El problema no es solo tecnológico: es estructural. Varios entrevistados describen la ausencia de mecanismos reales de retroalimentación y la sensación de ser tratados como fuentes de datos en lugar de como socios en la innovación. Un agricultor lo articula con claridad al describir el modelo de negocio de algunas plataformas: "Se trata de capturar la base de clientes para venderla en el mercado. Si tienen 3.000 agricultores que suministran datos sobre uvas, pueden sentarse con otros y decir: mira, tengo un pool de 3.000 agricultores. Eso ya es rentable".
Implicaciones para la política y el diseño tecnológico
Las autoras proponen convertir esta desconfianza informada en un mecanismo de escrutinio que mejore la calidad de la digitalización agrícola, en lugar de tratarla como un obstáculo a superar. Sus recomendaciones son concretas: institucionalizar la cocreación con paneles de agricultores que participen en la definición de requisitos y en las pruebas de campo; establecer transparencia radical en algoritmos y modelos de datos; y condicionar las subvenciones públicas a los sistemas digitales de riego a que los proveedores publiquen sus modelos de decisión en repositorios accesibles y auditables.
El estudio reconoce sus propias limitaciones: la muestra de ocho agricultores en dos regiones mediterráneas no permite generalizar a escala nacional, y el enfoque en la desconfianza puede subrepresentar actitudes más pragmáticas o positivas. Los autores la presentan como un marco exploratorio, punto de partida para investigaciones comparativas y longitudinales que analicen la relación entre agricultores y tecnología digital en otros contextos socioecológicos.






